Esa Isla del Pacífico llamada Chiloé

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A veces me pregunto “Cómo llegamos acá?, cómo fue que nos animamos?, si si, estamos en Chiloé, a punto de conocer el archipielago que apareció en nuestro itinerario luego de hablar con algunos amigos viajeros, y chan, estamos acá. Si esto no es magia, qué es? este viaje en si es mágico, es surreal, es único, y es nuestro. Entonces… desde Puerto Montt fuimos a visitar la isla de Chiloe. Nuestros días iban a ser pocos, pero pensábamos disfrutarlos a pesar del invierno.
El tour obligado en Chiloé son sus iglesias antiguas y hechas de madera. Hay muchas. Y aunque nosotros no somos muy iglesieros, nos sorprendió el trabajo en madera de las construcciones, además, me dio la sensación de calidez. Lejos del frío mármol que se ve comúnmente  en estas instituciones, la madera da un toque de cercanía. Fue algo distinto, y nos gustó.
Primera parada Ancud, una ciudad acogedora, dónde se consiguen unas empanadas de tamaño gigante muy interesantes, y que no se ven en otro lado de Chiloé! OJO!.

Nuestras mochilas preparadas para la lluvia

Llegamos a Ancud con lluvia, el cielo estaba gris, goteaba, las casitas de madera pintadas de diferente colores embellecían el día que contrastaba con sus calles mojadas y nosotros en proceso de mojarnos mientras caminábamos hacia el hostel por las empinadas callecitas (casi sin veredas) de la ciudad. Sin reparar en la lluvia, la gente camina por las ventosas veredas, sorteando charcos y puestos de ventas ambulante. Vemos cholgas y cocha yuyo ahumados por todos lados, Tau insiste sobre la similitud de la cocha yuyo con las cámaras de la bicicletas y nos reímos mientras seguimos caminando por ahí.

Mercado nuevo, reconstruido luego de sufrir un incendio en 2009

Interior del mercado, mezcla de artesanías tejidas y barandazo a pescado

Aprovechamos para visitar los mercados de Ancud y la fotaleza. Chile está llena de estas construcciones. Cada vez que vamos a alguna me hace pensar en la historia, en las guerras, en las disputas y siempre termino mis pensamientos con la misma frase “Conocerá el mundo entero algún día la Paz”, claro que sí, así debe ser.

Polvorines

Luego de Ancud llegamos a Castro, una ciudad de calles y veredas más anchas, y con la misma constancia de lluvias. Además de las iglesias coloridas de madera, acá hay una zona muy pintorezca de palafitos, ideal para colgarse a sacar fotos y probar todos los modos de las cámaras digitales (cosa que le encanta a Tau, y cuando termina con la cámara empieza con su celu jajaja, y es asi como tenemos siempre fotos muy bonitas de los lugares a donde vamos).

Iglesia de San Francisco

Palafitos

Aunque el lugar que más me va a gustar es el menos pensado. Ante un intento fallido de levantarnos temprano para tomar el primer bus a Cucao, y visitar el Parque Naicional de Chiloé, terminamos viajando apretujados a niveles inimaginables, en un bus tan pequeño que Tau no entraba parado, minado de gente, y con el conductor pidiendo que demos un paso más para atrás “por favor”, para que sigan subiendo personas (si, tendríamos que haber ido más temprano). Volviendo al lugar que más me gustó, y sobre gustos no hay nada escrito claro, fue cuando salimos del parque para la parte de la playa, e intentamos llegar al agua. Chan, era como estar en el medio de la nada, desolación en su máxima expresión, y amé ese lugar, porque estaba cargado de mucha buena energía, y lo único que se escuchaba era el óceano, lo único que veíamos eran extensiones gigantes de juncos, no había árboles cerca, no había arbustos, el amarillo del junco, y el ruido del océano.
Si vas a Castro, tenés que conocer las cocinerias de Dalcahue y para allí fuimos. Llovía, obvio, había viento (pufff claro) y hacía frío (y bue, si van en invierno, qué quieren). El viento era tal, que hasta la gente perdía el equilibrio.

Este es el lugar que más me gustó

Las cocinerias de Dalcahue

Iglesia Santa Maria de Lorena, la más vaje de Chiloé, ubicado en Achao (1740)

Frio? nahhhh

En el hostal conocimos una pareja de franceses que vivían en Chile. Y nos pusimos a charlar sobre su forma de viajar. Tenían un estilo impulsivo, salían de su casa con una pequeña mochila y un destino. Eso era todo. Hacian dedo, y cuando llegaban al lugar buscaban dónde dormir. Ese método era el que les funcionaba y disfrutaban, “nunca sabemos dónde vamos a dormir”. La última noche en Castro y Chiloé, terminamos con ellos y una checa (Jana, profesora de español) tomando unas cervezas chilenas y escuchando Bossa Nova a unas cuadras del hostel. Jana estaba feliz de conocer Chile, aunque se lamentaba que no haya calefacción central, con tanto frío dando vueltas. je!

Nos escapamos del ventoso y húmedo invierno montevideano, para volarnos al compás de los vientos del Pacífico que corren entre las calles de las ciudades de Chiloé. Sufrimos el frío, pero fue un gusto conocer este archipiélago tan visitado por los mochileros en verano, y tímidamente recorrido por nosotros este último invierno. El frío, el viento y la lluvia, nos achicó la estadía, tal vez no lo recorrimos como se merecía, pero nos llevamos bellos recuerdos de sus espacio verdes, de su parque encantado y del pacifico que se podía disfrutar a simple vista, o en un viaje sensorial cerrando los ojos, shhhh, escuchen…

 

Lore, recordando Chiloé, me dio frio!!

 

 

6 Respuestas

  1. Información Bitacoras.com

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  2. Hola chicos!!, lugar muy lindo, me encantan esas historias donde se conocen otros viajeros que también andan de un lado para el otro. Abrazo!!

  3. […] En Qué memoria la mía nos descubren una isla del Pacífico llamada Chiloé. […]

  4. […] En Qué memoria la mía nos descubren una isla del Pacífico llamada Chiloé. […]

  5. […] y nos fuimos directo a La Serena, destino que agregamos luego de la recomendación de Jana, una viajera checa que conocimos en Chiloé. La Serena es una ciudad costera, ubicada en la IV Región de Coquimbo en el Norte de Chile, donde […]

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