Samaipata, el corazón verde vida de Bolivia (segunda parte de la crónica)

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Once horas de rutas sinuosas,¿quién habrá sido el gracioso que dibujó estos caminos? Podía sentir —literal— una capa de polvillo en mi piel y mi ropa. Polvillo que levantaba el bus que nos llevaría desde Sucre (pueden leer la crónica sobre dos estómagos descompuestos en Sucre en el link) a Samaipata. A eso de las 3.30 am llegamos al pueblo. No hay terminal, y el bus nos deja (o…¿nos tira?) en la ruta. Gracias Tau por siempre ir preparado y ser el “ubicado” de la pareja. Caminamos 7 cuadras en la oscuridad y la tranquilidad de un pueblo de calles de tierra y adoquines. Mi estómago —que se portó bien todo el viaje— empezaba quejarse.

Parte del hostel

Caminaba doblada, despacio, quejandome de dolor, Tau adelante liderando esta manada de dos. En el hostal nos recibe Lian, un belga (no me pregunten cómo terminó acá), que nos indica nuestra adorable y pequeña habitación construida de adobe. Este pequeño espacio sería mi refugio, vendrían dos días de estar doblada de dolor en la cama, preguntándome hasta las lágrimas por qué no mejoro, por qué mi estomago duele tanto, porque sigo con diarrea, por qué no hay Wi-Fi con el cual poder invetigar mis síntomas (soy algo hipocondríaca), por qué, por qué, por qué. Tau me pide paciencia y me cocina arroz. Me enseña a jugar al truco Uruguayo. Me gana una y otra vez (lo cual no me hace sentir mejor jeje). Mi cuaderno en vez de aventuras en la selva en el Parque Nacional Amboró, se llena de grillas donde vamos anotando los tantos del truco (TRUCO. CARAJO. ay mi panza). A veces, toca descansar.

Plaza Principal

De fondo, la Iglesia Ntra. Sra. de la Calendaria

Cuando finalmente me empecé a sentir mejor, empezaron los paseos. El paisaje ya no era tan rojizo, o amarillo, colores carácterísticos de la aridez del frío y la altura. Ahora estábamos rodeados de un verde intenso, de altos árboles, y coloridas flores. El clima era caluroso y húmedo, me tomo mi tiempo para observar este nuevo paisaje. En algún punto siento que extrañaba lo frondozo de las copas de los árboles y arbustos. Paseamos por el centro, que constaba a penas de una sola plaza principal y algunos negocios a su alrededor. En su moderado despliegue, Samaipata es adorable. Con calles pequeñas y prolijas, la iglesia principal, un almacen y varios lugares para comer. En esos días que mi estómago acepto perdornarme y darme permiso para comer otra cosa más que arroz, vamos a descubrir que la mayoria de los lugares son de extranjeros, como el belga que nos recibió en su hostel. De camino al hostel pasamos por el mercado, nos abastecemos de frutas que nos tientan con sus colores. Quiero kiwis, pero no es época —no, están caros, mamita, por eso no tengo— me aclara la cholita que atiende el puesto que elegimos para nuestras compras.

Creyendo que ya había superado mi estado catatónico, decidimos calzarnos las zapas de treking e ir a conocer el Fuerte de Samaipata. “Fuerte”, en realidad es un centro ceremonial y administrativo pre-inca. Los colonos lo denominaron fuerte, ante su ignorancia. Ubicado en el valle, se utilizaba como estancia de paso. Se conoce que recibió aguerridos guaraníes, fue una sede adminsitrativa del Imperio Inca, y durante la colonia, se utilizó de fuerte y tambo, dado que estaba en la ruta entre Paraguay y Lima. Así es que Samaipata significa “descanso en las alturas” en Quechua.

El camino

Casi llegando, muerta de cansancio

Fuerte de Samaipata, este es el cementerio

Vista desde el fuerte

Cuatro kilómetros, no suena desafiante realmente, hasta que, esos cuatro kms hay que hacerlos cuesta arriba. Luego de hora y media de tortuoso ascenso, llegamos. Compramos agua y nos dispusimos a caminar esta ciudad antigua con la pacífica compañia del viento. Estábamos solos.

Luego de tanto frio en los destinos anteriores, queríamos disfrutar del calor selvático de Samaipata, y meternos al agua. Asi que nos fuimos al complejo Las Cuevas a disfrutar de unos pequeños saltos de agua. Esta vez caminamos menos, hicimos el circuito de las 4 cascadas, en la última, la más alta y grande, nos bañamos en su destemplada agua, que contrasta con el calor que hace. El lugar nos gusta, piedras entre ocres y rojizas, árboles que ofician de sombras y espacio con pasto. Si hubiesemos sabido traíamos la carpa, o como no decían unos viajeros españoles que estuvieron más atentos y la llevaron su tienda de campaña.

Samaipata puso un contraste a los paisajes que veníamos viendo en Bolivia, y nos robó un pedacito de corazón.

Loree, basta Bolivia de ser tan bella, BASTA

Una respuesta

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